ALERGIA A PÓLENES DE CUPRESÁCEAS Las enfermedades alérgicas se relacionan habitualmente con los meses de primavera, la época de máxima expresión polínica por la presencia atmosférica de gramíneas y olivo, los pólenes más alergénicos. Sin embargo, durante los últimos años, y cada vez con más relevancia, observamos como un grupo notable de pacientes alérgicos presentan síntomas en pleno invierno, durante los meses de enero-marzo, provocados por el polen de las cupresáceas, que incluyen el ciprés común, relacionado con los cementerios y muy usado en jardinería (Cupressus sempervirens) y el ciprés de Arizona (Cupressus arizonica), un tipo de arbusto plantado frecuentemente como seto en parques, jardines y viviendas. (Figuras superiores: fotos de setos). Especialmente este último es el responsable de este incremento en la prevalencia de polinosis por las cupresáceas. Las cupresáceas o arizónicas eran un polen casi anecdótico hace 2-3 décadas. Se detectaba en muy bajas cantidades y sólo en muy pocos casos provocaba síntomas alérgicos. El crecimiento de las ciudades, con nuevas urbanizaciones, dónde se generaliza la utilización de setos de jardín, y la contaminación ambiental han aumentado la cantidad y alergenicidad de este polen. Se ha demostrado que el polen de cupresáceas recolectado en zonas contaminadas (zonas urbanas, proximidad de autopistas) es mucho más alergénico que el recolectado en zonas no contaminadas. Incluso, uno de sus alergenos se expresa exclusivamente como consecuencia de la contaminación ambiental. Esto significa que los pólenes de las cupresáceas no sólo se han incrementado en su cantidad, sino que también son más alergénicos, más perjudiciales para las personas alérgicas
El polen de cupresáceas induce principalmente síntomas óculo-nasales, en forma de picor de mucosas (ojos, nariz, paladar, garganta), secreción nasal, estornudos repetidos y obstrucción nasal. Sólo un 3-5 % presenta síntomas de asma, con tos seca e irritativa, opresión retroesternal, pitidos en el pecho y dificultad respiratoria. De este modo, el predominio de los síntomas nasales y la época en que se producen, puede llevar a la confusión a muchos pacientes, atribuyéndolos a un resfriado, a un catarro invernal.
TRATAMIENTO Inicialmente puede bastar con la toma de atihistaminicos orales. La elección del antihistamínico adecuado es muy importante, ya que si bien todos tienen un efecto terapéutico similar, algunos pueden producir una somnolencia más acusada. Este efecto secundario es muy importante pues puede inducir a una pérdida de concentración en los estudiantes o disminución de reflejos en la conducción de vehículos. En el caso de que los antihistamínicos no resulten suficientes para controlar la sintomatología, la aplicación tópica de corticoides es un complemento eficaz, pues no sólo alivian los síntomas, sino que resultan preventivos, al disminuir la reactividad frente a los pólenes. El contacto del polen con la mucosa nasal desencadena una respuesta inflamatoria que incrementa la reacción alérgica local. Si no se trata correctamente, cada vez se precisa menos cantidad de polen para que la reacción progrese, llegando hasta un bloqueo nasal persistente, que puede requerir ciclos cortos de corticoides orales. Asimismo, al igual que en otras enfermedades alérgicas respiratorias, la inmunoterapia o vacunación específica es el único tratamiento que va a modificar el curso natural del proceso alérgico. El tratamiento durante 3-5 años permite no sólo una mejor tolerancia frente a pólenes de cupresáceas, sino evitar que la persona alérgica aumente su respuesta y se sensibilice a nuevos alergenos. Por este motivo, la vacunación debe comenzarse cuanto antes, y sus resultados son más positivos en niños y jóvenes adolescentes. Además, se dispone de vacunas sublinguales, más cómodas e igualmente eficaces, especialmente recomendadas en los niños al eliminar el molesto trauma del inyectable. |
Dr. Francisco Feo Brito |
Alergia en Ciudad Real |
|---|